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Las galletas de jengibre que huelen a Navidad todo el año: crujientes por fuera, tiernas por dentro, con melaza, canela, clavo y mucho jengibre. La receta clásica perfeccionada. Ideales para regalar, decorar o simplemente comer a puñados.
El jengibre en polvo en repostería tiene una concentración diferente al fresco: los shogaoles (más estables al calor) predominan. La melaza aporta hierro, calcio y magnesio — uno de los edulcorantes más minerales. La canela de Ceylán tiene efecto hipoglucemiante leve que compensa parcialmente el pico de azúcar.
El secreto de las galletas perfectas es refrigerar la masa mínimo 1 hora. La masa fría no se pega, mantiene la forma al cortar y da una textura más crujiente.
Sin gluten: sustituye la harina por mezcla de harina de arroz y almidón de tapioca (2:1). Veganas: sustituye el huevo por 1 cucharada sopera de semillas de lino + 3 cucharadas soperas de agua y la mantequilla por aceite de coco sólido. Decoradas: glasea con mezcla de azúcar glas y zumo de limón.
Guardadas en una lata hermética a temperatura ambiente, hasta 3 semanas. También puedes congelar la masa en rollito envuelta en film hasta 3 meses.
No directamente en la misma cantidad — el fresco aporta demasiada humedad. Si quieres usar jengibre fresco, ralla 2 cucharaditas y reduce el líquido o añade un poco más de harina.
Probablemente se hornearon demasiado tiempo. Las galletas deben salir del horno cuando el centro todavía parece blando — se endurece al enfriarse.